En ocasiones, tenemos que tomar decisiones difíciles y hacer algo que nos da miedo. Ese miedo nos provoca ansiedad. Quizá sea por duda, timidez o por falta de confianza en uno mismo pero, es tal la sensación de ansiedad en torno nuestro espíritu, que nos puede llegar a paralizar. Es esa ansiedad la que puede hacer zozobrar nuestra resolución. Sencillamente nos terminamos hundiendo.
¡Oh, hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? (Mateo 14:31)

Hay un relato en el Nuevo Testamento que nos enseña cómo afrontar esas dudas. No dudes. Actúa como si no hubiese tempestad a tu alrededor, como si las olas no te empujasen, como si el viento no silbase a tu alrededor. Puedes hacerlo. Respira. Aunque no parece sencillo cambia, pues, de estrategia. Respira. Calma el viento y las olas a tu alrededor. Apacigua la tormenta. Respira.
Una vez calmada nuestra ansiedad vemos el camino con más claridad. En ese momento haz lo que tengas que hacer. Eres todo determinación y arrestos. Camina con decisión. Haz lo que debes hacer y hazlo bien.
La tormenta son solo circunstancias temporales que sobrevuelan a tu alrededor pero no son nada más que un poco de viento. Y el viento desaparecerá tan pronto como vino. El mar bajo tus pies será tan seguro como la tierra firme. Camina tu camino. Ten fe en tí.
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