En ese ambiente, las palabras de Jesús —«vigilen», «estén preparados», «manténganse despiertos»— pueden entenderse como una invitación a permanecer continuamente alerta ante futuros acontecimientos materiales.
Pero ese no es el centro de su enseñanza.
Jesús no pide a sus discípulos que vivan asustados ni que intenten adivinar lo que sucederá. Los llama a permanecer espiritualmente despiertos, conscientes del presente y dispuestos a reconocer a Dios cuando habla y viene a su encuentro.
«Manténganse despiertos, porque no saben qué día vendrá su Señor» (Mateo 24,42-44).
Vigilar significa procurar que Dios no pase por nuestra vida y nos encuentre distraídos, endurecidos o ausentes.
Estar alerta no es estar despierto
Estar alerta suele ser una reacción ante una amenaza. La mente anticipa peligros y dirige toda su atención hacia lo que podría suceder.
La vigilancia espiritual es diferente. No nace del miedo, sino de la presencia. Consiste en atender a lo que ocurre ahora dentro de nosotros, en quienes nos rodean y en nuestra relación con Dios.
Una persona puede estar muy informada sobre los acontecimientos del mundo y, al mismo tiempo, permanecer espiritualmente dormida. Puede analizar todas las señales y no advertir el resentimiento que crece en su interior, la necesidad silenciosa de alguien cercano o una palabra del Evangelio que cuestiona su conducta.
También podemos leer la Biblia y hablar de Dios sin permitir que su palabra llegue realmente hasta nosotros.
La vigilancia bíblica no consiste únicamente en tener los ojos abiertos, sino en mantener abierto el corazón.
El centinela primero escucha
En el Antiguo Testamento, el centinela debía observar el horizonte, reconocer el peligro y advertir a la ciudad. Dios aplica esa imagen al profeta Ezequiel:
«A ti, hijo de hombre, te he puesto como centinela del pueblo de Israel. Por tanto, oirás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte» (Ezequiel 33,7).
El orden es importante: primero escucha y después habla.
El verdadero centinela no es quien sospecha de todo o anuncia continuamente desgracias. Es quien permanece atento a Dios, permite que su palabra ilumine la realidad y responde responsablemente.
Esta misma disposición aparece en el joven Samuel. Cuando finalmente comprende quién lo llama durante la noche, responde:
«Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Samuel 3,1-10).
Samuel no decide de antemano lo que Dios debe decir. Se mantiene disponible para escuchar.
Esto no significa atribuir a Dios cualquier pensamiento o deseo interior. La escucha cristiana necesita discernimiento y debe contrastarse con el Evangelio, el amor a Dios y al prójimo y los frutos que produce. Pero tampoco podemos escuchar si nuestra mente está siempre ocupada por el ruido, el miedo o nuestras propias respuestas.
Jesús no entrega un calendario
Cuando los discípulos preguntan por los acontecimientos futuros, Jesús establece un límite fundamental:
«En cuanto al día y la hora, nadie lo sabe» (Mateo 24,36).
Si nadie conoce el momento, la preparación no puede consistir en descifrar la última señal. Debe convertirse en una forma cotidiana de vivir.
La pregunta no es: «¿Cómo puedo descubrir cuándo sucederá?».
La pregunta es: «¿Cómo quiero ser encontrado cuando suceda?».
Las imágenes del señor que regresa y del portero que espera no pretenden producir miedo, sino recordar que el encuentro con Dios no está bajo nuestro control. No conocemos el final de nuestra vida, pero tampoco sabemos cuándo una palabra, una persona o una experiencia nos pedirán una respuesta decisiva.
Las jóvenes prudentes también duermen
La parábola de las diez jóvenes muestra que vigilar no significa vivir en tensión. Todas esperan al esposo y todas terminan durmiéndose. La diferencia es que cinco habían llevado aceite suficiente (Mateo 25,1-13).
También las prudentes se duermen.
La vigilancia no consiste, por tanto, en permanecer físicamente despiertos, sino en llevar dentro aquello que permitirá responder cuando llegue el momento.
Jesús no explica qué representa exactamente el aceite. Se ha relacionado con la fe, la caridad, el Espíritu Santo, las buenas obras o la perseverancia. Lo que el relato afirma con claridad es que existen disposiciones interiores que no pueden improvisarse ni pedirse prestadas.
No podemos comenzar a confiar únicamente cuando llega la crisis. Tampoco podemos aprender de repente a reconocer la palabra de Dios si nunca hemos guardado silencio para escucharla.
El aceite se prepara viviendo.
Vigilar y orar
En Getsemaní, Jesús dice a sus discípulos:
«Vigilen y oren para que no caigan en tentación» (Mateo 26,41).
Mientras Jesús afronta interiormente su entrega, los discípulos duermen. No comprenden la profundidad del momento que están viviendo y, cuando llegan los acontecimientos, no están preparados para responder.
Vigilar y orar aparecen unidos porque la oración despierta la conciencia. Nos ayuda a reconocer nuestras motivaciones, resistencias y debilidades.
Orar no consiste solamente en pedir que Dios cambie las circunstancias. También significa permitir que nos transforme para que podamos atravesarlas con fe.
Dios puede llegar sin hacer ruido
Muchas veces esperamos que Dios se manifieste de una forma extraordinaria, pero su palabra puede llegarnos discretamente:
- mediante un pasaje bíblico que nos interpela;
- en una corrección que nos incomoda;
- a través de la conciencia que nos pide reparar un daño;
- en alguien que necesita ser escuchado;
- en una oportunidad de servir que interrumpe nuestros planes;
- en un silencio que revela lo que estábamos evitando.
No toda impresión interior es automáticamente un mensaje divino. Es necesario discernir. Pero una vida completamente distraída ni siquiera llega a formular la pregunta.
Podemos oír sin escuchar y conocer el Evangelio sin permitir que transforme nuestra vida. Por eso Jesús repite: «El que tenga oídos, que oiga».
Reconocer a Cristo ahora
Mateo 25 muestra que la vigilancia no se dirige únicamente hacia un acontecimiento futuro. Jesús se identifica con el prójimo, con quien tiene hambre, está enfermo, es extranjero o se encuentra en prisión (Mateo 25,31-46).
Quienes ayudaron no sabían que estaban atendiendo a Cristo.
Esta es una de las formas más profundas de vigilancia: reconocer la presencia de Dios allí donde podría pasarnos inadvertida.
Podemos contemplar el cielo buscando señales y no ver a quien está sufriendo a nuestro lado. Estar preparados para recibir a Cristo en el futuro exige aprender a recibirlo en el presente.
La preparación exterior no basta
Ser prudentes ante las necesidades materiales es razonable. Podemos cuidar la salud, prevenir riesgos y organizar responsablemente nuestra vida.
Pero esa prudencia no es el significado principal de la vigilancia enseñada por Jesús. Tener resueltos los asuntos exteriores no garantiza que estemos preparados para perdonar, servir, cambiar o recibir una verdad incómoda.
El verdadero peligro evangélico no consiste en que un acontecimiento nos sorprenda sin provisiones, sino en que Dios nos encuentre sin disponibilidad interior.
Cuatro prácticas para permanecer despiertos
1. Guarda silencio.
Antes de
comenzar el día, puedes decir: «Señor, estoy aquí. Ayúdame a
reconocer tu presencia y tu voluntad».
2. Lee la Escritura para escuchar.
No
preguntes solamente qué significa un texto. Pregunta también qué
revela sobre ti y qué respuesta concreta pide.
3. Observa tu interior.
Reconoce
qué temores, deseos o resentimientos están dirigiendo tus
decisiones antes de que se conviertan en actos.
4. Responde a la luz que ya tienes.
No
esperes una revelación extraordinaria para hacer lo que sabes que es
bueno: pedir perdón, ayudar, cumplir tu responsabilidad o abandonar
una conducta dañina.
Que Dios no pase de largo
Podemos pasar la vida recordando lo que ocurrió o anticipando lo que podría suceder sin llegar a estar verdaderamente presentes.
Jesús nos llama a despertar: escuchar antes de responder, reconocer lo que sucede en el corazón, recibir la Escritura como una palabra viva y descubrir a Cristo en el prójimo.
No conocemos el día ni la hora del encuentro definitivo, pero Dios ya viene a nuestro encuentro: en su palabra, en la conciencia, en el necesitado, en el silencio y en cada oportunidad de amar.
Vigilar no es mirar con miedo hacia el futuro. Es habitar conscientemente el presente con el corazón abierto a Dios. Estar preparados significa que, cuando su palabra nos alcance y Cristo venga a nuestro encuentro, no nos encuentre espiritualmente ausentes.