| "Un trato justo y recíproco" |
Sin embargo, no siempre aplicamos ese mismo criterio cuando somos nosotros quienes pagamos, contratamos, compramos o tenemos alguna ventaja.
Por eso la justicia económica no comienza en una teoría política. Comienza en uno de los mandamientos centrales de la Biblia:
«Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Levítico 19,18).
Amar al prójimo significa reconocer que su trabajo, sus necesidades y su dignidad importan tanto como los nuestros. Y cuando ese amor entra en contacto con el dinero, se convierte en honestidad, generosidad, responsabilidad y justicia.
El amor también tiene consecuencias materiales
En Levítico 19, el mandamiento de amar al prójimo no aparece aislado. Está rodeado de instrucciones muy concretas:
- dejar parte de la cosecha para el pobre y el extranjero;
- no robar ni engañar;
- no retener el salario del trabajador;
- no aprovecharse de las personas vulnerables;
- no favorecer al poderoso en los tribunales;
- utilizar pesos y medidas honestos.
Todo pertenece a una misma enseñanza. La Biblia no separa el amor espiritual de la manera en que tratamos materialmente a los demás.
No basta con afirmar que apreciamos a una persona si después nos aprovechamos de su necesidad, pagamos menos de lo justo o la engañamos para obtener un beneficio. Tampoco tiene mucho sentido pedir a Dios abundancia para nosotros mientras permanecemos indiferentes ante quien carece de lo necesario.
El amor bíblico no es solamente un sentimiento. Es una forma de actuar que permite al otro vivir con dignidad.
«Nunca dejará de haber pobres»
La ley de Israel también establecía medidas para impedir que la pobreza se convirtiera en una condena permanente. Deuteronomio ordena abrir la mano al necesitado, prestarle ayuda y no endurecer el corazón ante él (Deuteronomio 15,7-11).
En ese pasaje aparece una frase que puede resultar incómoda: «Nunca dejará de haber pobres en la tierra». No se presenta como una excusa para aceptar la pobreza pasivamente. Precisamente por eso el texto continúa ordenando ayudar generosamente al pobre y al necesitado.
La Biblia reconoce que siempre existirán desigualdades, desgracias y situaciones difíciles. Pero de ello no deduce que debamos desentendernos. Extrae la conclusión contraria: siempre existirá también la oportunidad y la responsabilidad de amar.
Las leyes sobre las cosechas, las deudas y el jubileo pertenecen a una sociedad agraria antigua y no constituyen un programa económico aplicable literalmente a nuestro tiempo. Sin embargo, expresan un principio permanente: los bienes están al servicio de la vida y no deben convertirse en instrumentos para esclavizar, excluir o destruir al prójimo.
Los profetas denuncian un amor religioso sin prójimo
Los profetas de Israel descubrieron una contradicción que continúa siendo posible: personas que participan en celebraciones religiosas mientras perjudican económicamente a los demás.
Amós denuncia a quienes manipulan los tribunales, oprimen al pobre y levantan su prosperidad sobre el abuso. Por eso presenta a Dios rechazando un culto que no produce justicia:
«Que fluya el derecho como las aguas, y la justicia como arroyo inagotable» (Amós 5,21-24).
Isaías transmite una enseñanza semejante. El ayuno que agrada a Dios no consiste solamente en privarse de alimento, sino en compartir el pan, acoger al necesitado y liberar al oprimido (Isaías 58,3-10).
El problema no es poseer bienes. El problema aparece cuando nuestra relación con Dios no modifica nuestra relación con las personas.
La oración, el culto y la práctica espiritual pierden autenticidad cuando se utilizan para evitar una pregunta elemental: ¿trato a los demás como desearía ser tratado?
El buen samaritano abrió también su bolsa
Cuando preguntan a Jesús quién es el prójimo, responde con la historia del buen samaritano (Lucas 10,25-37).
El samaritano ve al herido, se compadece y se acerca. Pero su amor no permanece en el sentimiento. Cura sus heridas, lo transporta, busca un lugar donde pueda recuperarse y paga su alojamiento.
Emplea su tiempo, sus fuerzas y sus bienes.
Jesús no enseña que el dinero sea impuro. En la parábola, el dinero se convierte en un medio de misericordia. Aquello que podría haberse gastado exclusivamente en beneficio propio sirve para devolver la vida a otra persona.
Aquí aparece una idea fundamental: los bienes materiales adquieren su verdadero sentido cuando sirven al amor.
El buen samaritano no pregunta si el herido merece la ayuda, si pertenece a su pueblo o si podrá devolvérsela. Reconoce su humanidad y actúa. Ama al prójimo como a sí mismo porque atiende su dolor con la misma seriedad con la que atendería el propio.
Zaqueo: la conversión que llega hasta las cuentas
Zaqueo era rico y recaudaba impuestos para Roma. Cuando recibe a Jesús, decide entregar parte de sus bienes y devolver multiplicado aquello que hubiera obtenido mediante fraude (Lucas 19,1-10).
Jesús no le entrega una teoría económica. El encuentro con él despierta en Zaqueo una nueva forma de mirar a las personas.
Hasta entonces podía ver contribuyentes, cantidades y oportunidades de beneficio. Después comienza a ver a quienes había empobrecido. Su conversión interior se manifiesta en una reparación exterior.
Esto distingue la justicia de una generosidad superficial. No basta con dar una pequeña parte de lo que tenemos si conservamos aquello que obtuvimos injustamente. La caridad ayuda; la justicia también reconoce responsabilidades y procura reparar el daño.
La salvación entra en la casa de Zaqueo cuando el prójimo entra en sus decisiones.
La riqueza como don y responsabilidad
La Biblia no afirma que toda riqueza sea mala ni que la pobreza sea buena en sí misma. Los bienes pueden recibirse con gratitud, disfrutarse responsablemente y convertirse en instrumentos para cuidar, crear, sostener proyectos y ayudar.
El peligro comienza cuando la riqueza ocupa el lugar de Dios o nos hace olvidar al prójimo.
En la parábola del rico insensato, un hombre obtiene una cosecha abundante y decide construir graneros mayores (Lucas 12,13-21). Su error no consiste en que la tierra haya producido mucho. Consiste en imaginar que toda aquella abundancia existe únicamente para garantizar su comodidad.
En su proyecto no aparece nadie más.
Jesús advierte así contra una riqueza encerrada en sí misma. La abundancia puede ser un don de Dios, pero se empobrece espiritualmente cuando no produce gratitud, generosidad ni vida alrededor.
La cuestión no es solo cuánto poseemos, sino en qué clase de persona nos convierte aquello que poseemos.
La ley real
Santiago llama «ley real» al mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo. Y lo relaciona inmediatamente con el trato que la comunidad ofrece al rico y al pobre (Santiago 2,1-9).
Una comunidad no puede reservar sus mejores atenciones para quien tiene dinero y relegar a quien carece de él. Cuando la riqueza determina el valor que atribuimos a una persona, hemos olvidado que todos llevan la imagen de Dios.
Pablo expresa la misma idea al afirmar que quien ama al prójimo cumple la ley, porque el amor no causa daño (Romanos 13,8-10).
Esto ofrece un criterio sencillo para examinar nuestras decisiones económicas:
¿Mi beneficio exige causar al prójimo un daño que yo no aceptaría para mí?
No siempre podremos evitar toda consecuencia negativa ni resolver por nosotros mismos las injusticias del mundo. Pero sí podemos negarnos a convertir la necesidad ajena en una oportunidad para aprovecharnos.
Lo que dice la Biblia y lo que hemos desarrollado después
La Biblia afirma expresamente que debemos amar al prójimo, pagar justamente, actuar con honradez, compartir con el necesitado y no favorecer al poderoso por su riqueza. También advierte contra la codicia, el fraude y la indiferencia.
No establece un sistema económico moderno. No habla directamente del capitalismo, el socialismo, los impuestos actuales ni el Estado del bienestar. Las distintas doctrinas sociales cristianas son intentos posteriores de aplicar los principios bíblicos a sociedades mucho más complejas.
Por eso no deberíamos identificar automáticamente el Evangelio con una ideología concreta.
Pero tampoco podemos utilizar esa ausencia de un programa político para vaciar la enseñanza bíblica de sus consecuencias materiales. La Biblia quizá no nos diga exactamente cómo organizar toda la economía, pero sí nos pregunta cómo tratamos a las personas dentro de ella.
Cinco maneras de amar también con nuestros bienes
1. Sé honesto aunque nadie pueda
comprobarlo.
No engañes en precios, contratos, horas
de trabajo o acuerdos. La integridad comienza cuando renunciamos a
una ventaja injusta.
2. No te aproveches de la necesidad.
Si
alguien tiene menos posibilidades de negociar, no utilices su
debilidad para imponerle condiciones que tú considerarías indignas.
3. Paga y reconoce justamente el
trabajo.
Agradecer no sustituye una remuneración
justa. Valora el tiempo, el esfuerzo y la capacidad de las personas.
4. Disfruta de lo recibido sin cerrar la
mano.
No es necesario sentir culpa por cada bien que
poseemos. Podemos agradecerlo y disfrutarlo, recordando que también
puede convertirse en ayuda, oportunidad y alegría para otros.
5. Pregúntate qué harías si estuvieras
en su lugar.
Esta pregunta no resuelve todos los
dilemas, pero impide que el dinero borre el rostro del prójimo.
Cuando el amor entra en nuestras cuentas
Amar al prójimo como a uno mismo no significa que todos debamos tener exactamente lo mismo. Significa no buscar para nosotros una dignidad que después negamos a los demás.
Queremos que nuestro trabajo sea respetado, que nadie nos engañe, que se nos ayude cuando caemos y que nuestras necesidades no sean tratadas con desprecio. El Evangelio nos pide reconocer esos mismos deseos en el otro.
La justicia económica es, en el fondo, el amor llevado a la vida material.
No condena los bienes ni convierte la miseria en virtud. Nos invita a recibir con gratitud, disfrutar con libertad y compartir con generosidad. Nos recuerda que la riqueza se vuelve estéril cuando nos encierra y fecunda cuando sirve a la vida.
Amar al prójimo también significa hacerle un lugar en nuestras decisiones, en nuestro trabajo y en nuestras cuentas. Porque aquello que hacemos con nuestros bienes revela, muchas veces, cuánto espacio hemos concedido realmente al otro en nuestro corazón.
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